The Electric State, una novela ilustrada entre ruinas y robots

Guillem Vela .

21 de septiembre de 2026

Un robot gigante y oxidado se alza sobre un paisaje desértico. Dos figuras humanas y un robot pequeño observan un coche cargado de equipaje, evocando el **estado eléctrico** de un futuro incierto.

Una carretera vacía, robots de combate abandonados y una adolescente que atraviesa un Estados Unidos irreconocible bastan para entender por qué the electric state sigue llamando la atención entre los lectores de ciencia ficción. La obra de Simon Stålenhag no es un cómic convencional, sino una novela ilustrada que combina texto breve, imágenes de gran formato y una melancolía muy particular. Aquí aclaro qué cuenta, cómo se lee, qué la hace diferente y hasta qué punto conviene acercarse a ella después de ver la adaptación de Netflix.

La clave para entender esta obra de ciencia ficción ilustrada

  • No es una serie tradicional, sino una novela ilustrada independiente dentro de la trayectoria narrativa de Stålenhag.
  • La historia transcurre en un 1997 alternativo, marcado por la realidad virtual, la guerra tecnológica y el colapso social.
  • La protagonista viaja con un pequeño robot amarillo por un paisaje estadounidense lleno de ruinas y máquinas gigantes.
  • Su mayor atractivo está en la combinación de arte retrofuturista, texto sobrio y atmósfera inquietante.
  • La película estrenada en 2025 adapta la premisa, pero el libro ofrece una experiencia más silenciosa y ambigua.

Gigantes robots caídos en un paisaje desolado, con cables y luces que sugieren el estado eléctrico de un mundo post-apocalíptico.

Qué es realmente The Electric State

Lo primero que conviene aclarar es su formato. La edición original apareció en Suecia en 2017 con el título Passagen, mientras que la edición inglesa llegó en 2018 bajo el nombre que la mayoría de lectores conoce. La ficha editorial de Simon & Schuster la presenta como una novela ilustrada de 144 páginas, con cerca de un centenar de ilustraciones a color.

Por eso, llamarla simplemente “novela gráfica” resulta comprensible, pero impreciso. No está construida a base de viñetas, bocadillos y una sucesión clásica de páginas de cómic. Stålenhag utiliza párrafos cortos, descripciones contenidas y escenas visuales que funcionan como recuerdos fragmentados. Yo la situaría entre el libro de arte, la ficción especulativa y el cómic experimental.

Tampoco es una saga con varios volúmenes protagonizados por los mismos personajes. Forma parte de una línea de libros en la que el autor mezcla paisajes cotidianos con tecnología imposible, junto a títulos como Tales from the Loop y Things from the Flood. Comparten sensibilidad y obsesiones, pero no hace falta leerlos antes para seguir esta historia.

La historia de una huida en un mundo roto

La trama sigue a una adolescente que escapa hacia el oeste de Estados Unidos acompañada por un robot de juguete de color amarillo. El viaje ocurre en un futuro alternativo situado a finales de los años noventa, después de que una tecnología de realidad virtual transformara la vida cotidiana y dejara tras de sí una sociedad profundamente dañada.

El paisaje está ocupado por drones de combate gigantes, centros comerciales vacíos, carreteras interminables y residuos de una cultura tecnológica que prometió comodidad, entretenimiento y conexión permanente. El viaje tiene una estructura de road movie, pero el interés no está en la acción constante. Lo importante es observar qué queda cuando una civilización sigue rodeada de máquinas, aunque ya no sepa para qué las construyó.

Una protagonista que importa por lo que calla

La narración no explica cada detalle de forma directa. La protagonista avanza, encuentra personas y atraviesa espacios abandonados, pero muchas respuestas aparecen escondidas en los pies de imagen, los objetos y las ilustraciones. Esa distancia puede desconcertar a quien espere una aventura con diálogos frecuentes, aunque para mí es precisamente lo que sostiene la sensación de soledad.

El pequeño robot funciona como compañero emocional y como contraste frente a las máquinas militares. Es vulnerable, reconocible y casi doméstico, mientras que las estructuras de guerra parecen restos de una escala industrial que ya nadie controla. La relación entre ambos aporta humanidad sin convertir el libro en una historia sentimental convencional.

Por qué sus imágenes cuentan tanto como el texto

Stålenhag domina una mezcla visual muy concreta. Sus escenarios recuerdan a la América suburbana de los años ochenta y noventa, pero están atravesados por robots colosales, cables, cascos de realidad virtual y arquitectura industrial. El resultado no parece una fantasía completamente lejana, sino una versión torcida de un mundo que reconocemos.

La paleta apagada también tiene una función narrativa. Los azules fríos, los grises y los tonos ocres transmiten una sensación de cansancio, como si el paisaje hubiera perdido su energía mucho antes de que comenzara la historia. De vez en cuando aparece un color más vivo, y ese contraste hace que ciertos objetos o personajes parezcan todavía más frágiles.

Hay una idea visual que se repite con mucha fuerza: la tecnología no aparece como una maravilla limpia, sino como algo pesado, usado y abandonado. Las máquinas tienen volumen, suciedad y desgaste. No parecen accesorios futuristas diseñados para lucirse, sino infraestructuras reales que necesitan mantenimiento, energía y personas que ya no están allí.

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La nostalgia no es solo decoración

El libro utiliza la nostalgia por los noventa, pero no para idealizar esa década. Los teléfonos, los coches, los moteles y las zonas comerciales evocan una época anterior a la conexión permanente, justo antes de que la tecnología digital colonizara cada momento de la vida. Esa familiaridad vuelve más incómodo el desastre, porque el lector reconoce el punto de partida.

En mi opinión, esta es una de las grandes diferencias frente a buena parte de la ciencia ficción visual actual. Aquí el futuro no tiene superficies brillantes ni diseños perfectos. Tiene polvo, espacios vacíos y objetos que todavía parecen funcionales, aunque el sistema que los sostenía haya desaparecido.

Los temas que hay detrás de los robots

La realidad virtual ocupa un lugar central, pero la obra no se limita a advertir sobre los videojuegos o los cascos inmersivos. El problema es más amplio: una sociedad utiliza la tecnología para escapar de sus conflictos hasta que la evasión deja de ser una opción individual y se convierte en la norma.

  • Adicción al entretenimiento. La realidad virtual ofrece una salida atractiva frente a una vida difícil, pero termina sustituyendo la experiencia del mundo físico.
  • Militarización de la innovación. Los mismos avances que prometen comodidad pueden convertirse en herramientas de control y destrucción.
  • Aislamiento. La conexión tecnológica no impide que las personas pierdan vínculos reales con su entorno.
  • Colapso ecológico y social. Las ruinas no son solo decorado. Muestran las consecuencias materiales de un progreso sin límites claros.

Lo interesante es que Stålenhag evita convertir estas ideas en un discurso explicativo. No hay largos monólogos que indiquen qué debe pensar el lector. El significado aparece al comparar una casa abandonada con una máquina de guerra, o un paisaje natural con las estructuras que lo han invadido.

Por eso recomiendo leerlo despacio. En una primera pasada se puede seguir el viaje y disfrutar del diseño visual. En una segunda lectura empiezan a pesar más los detalles, las frases incompletas y las conexiones entre las ilustraciones. Es un libro breve, pero no necesariamente rápido.

Libro y película ofrecen experiencias distintas

La adaptación cinematográfica estrenada en Netflix en 2025 acercó este universo a un público mucho más amplio. Su reparto y su ritmo de aventura hacen que la historia resulte más accesible para quien no suele leer novelas ilustradas, pero también cambian el tono general de la propuesta.

Aspecto Libro ilustrado Película
Ritmo Lento, contemplativo y fragmentario Más dinámico y orientado a la aventura
Imágenes El lector controla el tiempo de observación La puesta en escena guía la mirada
Ambiente Melancólico, silencioso y ambiguo Más espectacular y accesible
Mejor opción para Quien disfruta del arte conceptual y la ciencia ficción atmosférica Quien prefiere una narración audiovisual de mayor escala

Yo no elegiría entre una versión y otra. La película puede servir como puerta de entrada, pero el libro conserva una intimidad que el cine difícilmente puede reproducir. Sus ilustraciones permiten detenerse en una escena durante varios minutos, algo esencial para apreciar cómo conviven la belleza del paisaje y la amenaza tecnológica.

Para quién merece la pena y qué expectativas conviene ajustar

Lo recomendaría a lectores interesados en la ciencia ficción postapocalíptica, el arte conceptual, los futuros alternativos y las historias que dejan parte del significado en manos del público. También puede encajar muy bien en una colección de cómics, aunque conviene colocarlo mentalmente en una zona intermedia entre la novela gráfica y el art book narrativo.

No lo compraría esperando una aventura de superhéroes, una trama llena de giros o un cómic tradicional con muchos diálogos. Su mayor fortaleza es la atmósfera, y esa misma apuesta puede ser una limitación si se busca una historia perfectamente explicada y con un final cerrado en todos sus detalles.

Para disfrutarlo mejor, recomiendo leer primero el texto sin intentar descifrar cada misterio y después volver a las imágenes. También ayuda reservar entre una y dos horas para la primera lectura, sin tratarlo como una novela que deba devorarse de una sentada. El formato invita a parar, mirar y volver atrás.

Lo que queda después del último paisaje

La fuerza de esta obra no depende únicamente de su argumento. Depende de cómo convierte una carretera, una casa abandonada o un robot pequeño en piezas de una pregunta más grande sobre nuestra relación con la tecnología.

Si la película despierta tu curiosidad, el libro merece una oportunidad aunque ya conozcas la premisa. Su versión del mundo es más silenciosa, más extraña y bastante más personal. Ahí está su verdadero atractivo: no intenta imaginar un futuro espectacular, sino mostrar cómo podría sentirse vivir entre los restos de uno que alguna vez pareció inevitable.

Preguntas frecuentes

The Electric State no está construido con viñetas, bocadillos y una secuencia clásica de cómic. Es una novela ilustrada de 144 páginas, con cerca de un centenar de imágenes a color, párrafos breves y escenas visuales que funcionan como recuerdos fragmentados.
La historia transcurre en un 1997 alternativo, después de que la realidad virtual, la guerra tecnológica y el colapso social transformaran Estados Unidos. Una adolescente escapa hacia el oeste acompañada por un pequeño robot de juguete amarillo, mientras atraviesa carreteras, centros comerciales y paisajes ocupados por drones de combate gigantes.
El libro ofrece un ritmo lento, contemplativo y fragmentario, y permite al lector controlar cuánto tiempo observa cada imagen. La película es más dinámica, espectacular y accesible, con una narración orientada a la aventura. El libro conserva una atmósfera más silenciosa, íntima y ambigua.
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Autor Guillem Vela
Guillem Vela
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